En el momento del atardecer, cuando se iluminan las luces de la Basílica del Pilar de Zaragoza y los focos de los puentes sobre el Ebro vuelcan su luz en sus aguas, es cuando verdaderamente el Pilar y el Ebro se unen, pues en las rápidas aguas de febrero, la Basílica se refleja en la corriente y entonces el Ebro besa literalmente el Pilar mientras sus aguas hacen silencio, convertido en oración.